MUERE OTRO ENFERMERO POR COVID; CUBRÍA HASTA TRES TURNOS

MÉXICO.- En 10 días, la covid me arrebató a mi esposo, a mi padre y a un tío; la depresión comienza a desgastar mi ánimo por la vida y, el de mis 3 hijos” confiesa Vlady, enfermera chiapaneca.

TUXTLA GUTIÉRREZ.- En un lapso de 10 días, la covid-19 le arrebató a Vlady Jazmín López Cruz a tres personas que amaba: su esposo, su papá y un tío, por lo que casi a cuatro meses de la tragedia, el dolor, la angustia y la depresión comienzan a mermarle los ánimos no solo a ella, sino a sus tres hijos.

Aunque en la actualidad la Secretaría de Salud contabiliza menos de 700 decesos en la geografía chiapaneca desde que dicho virus impactó en estas tierras del sureste mexicano, sin duda esas tres muertes no son parte del registro oficial.

En entrevista exclusiva, la joven madre de profesión enfermera, vive un calvario, primero, despedir a su cónyuge Rubén Méndez Díaz —también enfermero—, luego a su padre, de oficio taxista y, para rematar a su tío, quien vivía con su madre en el municipio costero de Arriaga, de donde es originaria.

Pese a que su marido, de 45 años de edad y oriundo de Venustiano Carranza, estaba enfermo de diabetes, se arriesgó y continuó en sus labores en el Hospital Básico de la localidad de Cintalapa, donde residen desde hace al menos 15 años, “y estamos seguros de que fue, durante una cirugía, donde lo contrajo”.

Por ello, al parecer el virus se instalaría en el organismo del también enfermero el dos de junio, y tras una serie de pruebas de laboratorio, se detectó que tenía dengue, pero como ella no quedó conforme con eso, exigió la prueba de SARS Cov-2 en el hospital donde él laboraba, pero no se la hicieron.

LAS TRABAS

“Lo más lamentable es que me dijeron que tenían que juntar pruebas de 15 personas contagiadas, trabajadoras, para enviarlas a estudio; lo mantuve en casa, le proporcioné un esquema de más de siete medicamentos, lo nebulizaba, y tenía que correr durante varias noches al hospital para canalizarlo”, rememora quien está convencida de que Rubén tenías los síntomas relacionados a ese padecimiento que se apostó en sus pulmones.

Setenta y dos horas después de que empezaron los síntomas, su saturación (nivel de oxigenación) estaba demasiado baja, por lo que fue trasladado de urgencia al Hospital del ISSSTE en Tuxtla Gutiérrez, cuyos directivos argumentaron que él estaba bien y podía pasar la enfermedad en casa.

Con el apoyo de una doctora de la Clínica Covid del Polyfórum Chiapas, quien se hizo pasar como pariente de su cónyuge, fue como lo aceptaron y lo establecieron; sin embargo, como derechohabiente del ISSSTE, Rubén es enviado el 10 de junio a donde en un principio le negaron la atención.

Tras dejar en claro que, en su caso, recibió un permiso especial del mismo hospital donde laboraba su esposo debido a que ingiere un medicamento para tratarse la artritis reumatoide y eso la hace vulnerable, recuerda que cada día que transcurría era prácticamente “un paso atrás” pues la salud de Rubén se deterioraba. No soportó la intubación.

A la muerte de él, Vlady buscó que le otorgaran un documento en donde quedaba estipulado que falleció por covid, por lo que el mismo ISSSTE le entregó uno, sellado con la fecha 1 de septiembre, cuyo dictamen era que Rubén perdió la batalla por neumonía atípica, acidosis respiratoria severa y probable SARS Cov-2.

Previo a este desenlace, sus hijos Rubén Antonio (13 años), José Vladimir (8) y Juan Diego (5) y ella sostuvieron algunas conversaciones por videollamada, donde lo animaban a que le “echara ganas, le decían que era un campeón, que lo estaban esperando, y él respondía que sí, que por nosotros lo haría”.

Si él aguantó 15 días los estragos por ese virus, considera Vlady, es porque era una persona sana: no ingería drogas, ni alcohol ni tabaco, e incluso, por la misma glucosa alta, mantenía un régimen alimenticio adecuado.

“Dio su vida por nosotros, por su mismo empleo, porque incluso, como no quedaba gente para guardias, él se ´fleteaba´ y cubría hasta tres turnos en un día, laboraba en fechas festivas, fines de semana, lo que implicaba un alto riesgo (…) Nunca nos imaginamos que se infectaría”, puntualiza.

OTRA MALA NOTICIA

Con la aflicción encima pues Rubén aún peleaba contra ese mal, el 25 de junio recibe otra llamada por parte de una tía, quien le alertaba que otro familiar estaba grave: era su progenitor, quien en un principio presentó problemas para respirar e incluso no podía deglutir sus alimentos.

Al detectar que don José Antonio López Celaya (de 61 años de edad) no saturaba bien, lo llevaron a una Clínica Covid-19 en Arriaga, pero como estaba llena de pacientes, no lo recibieron. En un taxi, fue llevado a la Clínica Polyfórum de Tuxtla, el único lugar que poseía oxígeno de alto flujo.

Vlady, sin duda, logró observar a su padre durante la agonía: respiraba de manera forzada y por la boca, entre otros estragos ocasionados en su rostro. Las videollamadas de sus nietos y otros familiares estaban a la orden del día, pues no lo querían perder, al menos sin despedirse de él.

Pero ella se tenía “que partir en tres”, pues mientras Rubén se debatía entre la vida y la muerte en Tuxtla, manejaba hacia Cintalapa para cuidar a sus hijos menores de edad, quienes se quedaron solos, y luego estar al pendiente de su progenitor quien, tras ocho días de lucha, no soportó más los embates de la enfermedad. El 5 de julio dejó de existir.

El dolor sigue latente. Sus pequeños empiezan a resentir el que no solo ya no esté su papá vivo, sino que ahora ella tenga que ausentarse de forma continua para estar pendiente de algunos trámites como los seguros de vida y la pensión, por lo que la responsabilidad del hogar le queda al primogénito.

SU TÍO, “LO QUE DIOS QUIERA”

A diferencia de Rubén y de su padre (cuyo certificado de defunción marca neumonía atípica), su tío mayor de 60 años, Julio Cruz Aguilar, no aceptó ser trasladado a un hospital para que lo trataran o, en su caso, lo intubaran, por lo que su vida la dejó en manos del Todopoderoso.

“Era cristiano, por eso no quiso ir a que lo atendieran los médicos, y prefirió morir en su cama”, lamenta la mujer, quien no logra contener las lágrimas que le escurren hasta el cubrebocas blanco que porta, pues a cada instante lamenta la partida de su amor, aquel varón de 1.62 metros de altura, delgado y de “corazón noble”.

A Francisca Cruz, quien abrió las puertas de su vivienda para esta entrevista en la colonia Las Flores de esta ciudad tuxtleca, le cala el que ya no pudo comprarle unas sandalias y un auto a su hermano, una promesa que se había hecho, pero la covid se lo quitó a través de un infarto fulminante.

Tras regresar de Cintalapa de la inhumación de su sobrino Rubén y mal de salud pues inclusive presentó algunos síntomas de ese virus, el fallecimiento de Julio fue como una estocada final.

“Se siente impotencia porque ya no pude llegar a su funeral, tenía un dolor muy fuerte, y por eso creo que solo Dios es el que te da la fuerza para pasar esto; me dio mucha tristeza porque solo uno de mis seis hermanos lo veló”, explica quien, además, fue despedida de su empleo en una farmacia, lo que era otro duro golpe porque es el sostén de su hogar, de sus dos hijos.

Se le quiebra la voz, hace una pausa, pero retoma la charla: “Le pedí a Dios que me lo prestara más tiempo, pero no se pudo”. A pesar de todo lo sucedido, Francisca tiene algo en claro: el día de hoy es el más importante y hay que vivirlo de la mejor manera.

“Decirle a las personas que las queremos, hay que abrazarlas, amarlas, porque la enseñanza que te queda es que el tiempo no es tuyo”, ataja quien, para sobrevivir durante la pandemia, se dedica a vender hamburguesas en su casa.

No obstante que Rubén, José y Julio descansan en paz en sus respectivos sepulcros tanto en Cintalapa (el primero) como en Arriaga, para Vlady, su madre, sus hijos y otros familiares el nudo en la garganta es frecuente, pues se les fueron tres pilares importantes de su familia, abatidos por el virus que, de la noche a la mañana, se los arrebató.

LASILLAROTA

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