EN ZACATECAS: “AQUÍ SE COME LO QUE SE PUEDE”

MÉXICO.–  – Aquí no se come lo que se quiere, se come lo que se puede. “Doña Chayo” aún logra comer dos veces al día, pero hay veces que no alcanza ni para ello. En algunas ocasiones hay gente que le ayuda con comida, otras veces debe pedir prestado para poder llevar alimento a la familia.

Cesárea Palacios Mota, mejor conocida como “Doña Chayo”, mujer bajita y muy delgada, con ojos grandes, tiene hoy 52 años, sale todos los días a vender fruta y su percepción varía -en promedio son 150 pesos diarios- y es el sostén de su familia. Tiene ocho hijas, un hijo y 18 nietos.

De ellos, nueve viven con ella, cinco de sus hijos, entre ellos una discapacitada que recibe una beca que se gasta en su totalidad en sus cuidados, y cuatro nietos, su casa son unos pequeños cuartitos cerca del centro de la cabecera municipal, que tienen como techo una lámina sobrepuesta que deja pasar el frío.

Almuerzan casi al mediodía, sobre dos camas que hacen la función de mesa.

Rodeada de sus hijas y sus nietos que ríen y disfrutan de unos huevos con tomate y cebolla con frijoles, tortilla y se acompañan de una botella de refresco grande, que reparte religiosamente entre todos.

Esta es parte de la cotidianeidad de Doña Chayo, quien tiene que salir a trabajar y endeudarse porque no le alcanza para cubrir los gastos del hogar.

LA HISTORIA DE VIDA

Doña Chayo, enviudó a los 26 años de edad, quedando en el desamparó, pues su familia política la despojó de la tierra que tenía a su nombre su esposo, Juan Jiménez Nava, quien murió alcanzado por un rayo cuando cuidaba sus cabras en la comunidad de Cerro Gordo.

Intentó lavar ropa ajena, pero lo tuvo que dejar porque “casi todos estaban igual que uno, sin dinero”.

Nunca se dio por vencida y decidió emigrar a la cabecera municipal.

Desde que inició la pandemia por el Covid-19 sus ventas disminuyeron drásticamente y ahora saca la mitad de lo que obtenía con sus ventas en los días que se llenaba la plaza de gente que venía de las localidades.

Aún logra comer por lo menos dos veces al día, pero con ayuda de la gente que le lleva de comer a su puesto y endeudándose.

La puerta de su casa da inmediatamente a una habitación en donde apenas queda espacio para pasar, justo frente a dos camas que lucen tendidas y que diariamente sirven como mesa para la familia, que se conecta con otro pequeño espacio que tiene la función de cocina, pero en donde solo hay una pequeña estufa, no hay refrigerador, solo algunas cosas apiladas y hasta la base de una cama.

LA SANTA MUERTE “BORRACHA”

Frente a las dos camas que tienen la función de dormitorio y comedor están sobre un mueble, cuatro imágenes de la Santa Muerte, una de ellas, la más grande, es muy colorida y también muy “borracha”, ríe Rosa María, una de las hijas de doña Chayo, quien luce extremadamente delgada y asegura que su fe en “la niña blanca” la salvó prácticamente de la muerte cuando se encontraba perdida en la drogadicción y ahora de ofrenda le trae dulces, pan, galletas y mezcal, “pues la más grande es muy borracha”.

Rosa María no tiene trabajo, apoya a su mamá en la casa, ya que el departamento de Plazas y Mercados de la Presidencia Municipal la retiraron de vender gelatinas en la plaza principal.

Ella, al igual que Liliana, su hermana, la más chica, quien es discapacitada y hermana gemela de José Luis, permanecen en la casa con el apoyo de Doña Chayo, así como algunos de sus nietos, como Tadeo.

Doña Chayo por su parte prefiere venerar a la Virgen de Guadalupe, que tiene en un cuadro grande en la pared, “a pesar de que me llama (la Santa Muerte), yo sí le digo: no, yo no creo en ti, yo mejor con mi Virgencita”, señala la mujer, mientras llama a sus nietos y a sus hijas a comer.

En eso aparece una de sus hijas con una botella grande de refresco que reparte entre cada uno de los presentes y con una sonrisa en su boca se sienta a comer en las camas con ellos y recuerda que Tadeo, el niño que más la sigue y que se tiene que llevar a la plaza a vender, “es malo para comer”, pues refiere que a veces prefiere las Sabritas.

Entre anécdotas almuerzan todos y refieren que las tortillas y el huevo cada vez están más caros y ni pensar en la leche, “ya está muy cara, ahora nada más tomamos de vez en cuando”. También muestran la fotografía de bodas de Doña Chayo, quien a la corta edad de 16 años se casó con Don Juan en la comunidad de Cerro Gordo.

Reconoce Doña Chayo que allá en el rancho se come mejor, “pero nos teníamos que levantar a las cinco de la mañana a moler el nixtamal, luego a preparar las tortillas y después a sacar el aguamiel que nos comíamos con tortilla y estaba muy buena”, refiere la mujer quien hace un llamado de auxilio, pues afirma que ya le advirtieron de parte de la Presidencia Municipal que si no paga el predial le pueden quitar la casita en la que le da refugio a sus hijas que no tienen trabajo y a sus nietos.

ELSOLDEZACATECAS

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