CON GUARURAS, SE TRANSPORTA A MÉDICOS Y ENFERMERAS DEL ISSSTE PARA EVITAR ATAQUES

MÉXICO – Desde hace unos días, una ‘nueva normalidad’ se vive en Iztapalapa, en la Ciudad de México, donde camionetas particulares brindan transporte y protección de ‘elite’ a una decena de trabajadores del Hospital Regional del ISSSTE Ignacio Zaragoza, para evitar que sean víctimas de la inseguridad de la alcaldía más poblada de la capital y de la ignorancia que trajo consigo la pandemia de COVID-19.

El recorrido es de menos de una hora, desde el estacionamiento del hospital hasta la Unidad habitacional de Garay, en la misma alcaldía, pues, pese a ser poca la distancia, el flujo vehicular en las calles contradice la reducción del 70 por ciento presumida por las autoridades capitalinas. El vehículo, una Chevrolet Van Express blanca de pasajeros recién lavada con olor a cloro con fresa y rótulos en los costados, tiene la leyenda: “Cuidemos a quien nos cuida”.

Rosario y Karla son quienes abordan la unidad que las dejará a unos metros de sus casas, no sin antes ser rociadas con sanitizante rosa y sus respectivos chorros de gel para desinfectar las manos.

Quien conduce el convoy es Alejandro Álvarez, con experiencia en el pilotaje de avionetas y especialista en seguridad informática; también cuenta con adiestramiento militar.

– ¿Tienes arma? –se le pregunta.

–Esa información no te la puedo afirmar –responde, mientras conduce el vehículo sobre avenida Zaragoza.

La misión diaria: trasladar y evitar que personal sea asaltado o agredido en la delegación más grande de la capital del país, y que hoy concentra el mayor número de casos confirmados de COVID-19, con 2 mil 319, pero que, desde antes de la emergencia sanitaria, ya se ubicaba como una de las localidades con mayor incidencia delictiva, con 3 mil 335 delitos, sólo en marzo, según datos oficiales.

Los vehículos son pagados por la empresa de seguridad especializada Grupo Infos, como parte de un acuerdo con el Sindicato Nacional de Trabajadores del ISSSTE, convenio con el que espera incrementar el número de rutas para ayudar, hasta que puedan sentirse seguros los trabajadores.

Viajan con sana distancia sorteando baches, camiones, pero también limpiaparabrisas y vendedores ambulantes que se abalanzan en la parada del semáforo para ofrecer cubrebocas reutilizables o botellitas de gel, postal que retrata el tamaño de la emergencia económica que también se vive en la ciudad.

Antes de descender del carro en avenida Rojo Gómez, Karla relata a sus compañeros de autobús lo que habría sido la experiencia más agradable dentro del área especializada en COVID-19 del nosocomio: un paciente salió libre del virus SARS-CoV-2 y pudo irse a su casa, el primero que ha podido irse de pie en los últimos tres meses.

– ¿Y el trabajo adentro?

–Es pesado, pero no imposible –confiesa a los viajeros.

Rosario tiene más de 60 años, le tocaba descansar, pero se negó a resguardarse. “Me dolía mucho ver a mis compañeras, las que han caído, se desmayaban”, dice con la voz entrecortada.

En lo que va del año, dos veces la han asaltado en el trayecto a su casa. En una, incluso, la encañonaron en el microbús. “Nos tienen bien checados, a dónde vamos y de dónde venimos, nomás están viendo qué traemos”.

Sin embargo, los dos asaltos no son su preocupación, su temor en la normalidad de Iztapalapa está en la ignorancia que ha detonado el COVID-19, que le ha impedido subirse a los camiones por el simple hecho de portar un uniforme blanco y una cofia, que van de la mano con insultos y agresiones afuera y adentro del hospital.

“La gente no cree y se pone a decir una bola de tonterías, una paciente decía que le habían dicho que estábamos sacando líquido de las rodillas, y que les inyectábamos algo, y de veras que… qué ignorancia. Ellos (los médicos) están dando la vida, el riesgo que corren”, dice antes de bajar del vehículo para ingresar a su domicilio.

EL Financiero

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